En la lejanía de la ruralidad, en colonia San Isidro Labrador, a la altura del kilómetro 90 en Pozo Azul, a la dura rutina en las chacras se hace notar el golpe de martillos, el rugir de motosierras y la voz de una comunidad que decidió no esperar más. Allí, donde los caminos de tierra demandan horas de caminata, un grupo de familias construye aulas para que unos 30 niños puedan ir a la escuela. Lo hacen con trabajo y recursos propios sin tener respuesta del Estado.
Asistir a clases significa caminar hasta 20 kilómetros por caminos que más adelante se convierten en trillos y los días de lluvia se vuelven intransitables. Así, llegar a la Escuela 108 ubicada en kilómetro 80 y cerca de 30 alumnos quedan fuera del sistema educativo por esa causa y ven sus días pasar entre la chacra y el aislamiento. Inconformes con la falta de respuestas, la fortaleza vecinal se convirtió en la principal herramienta de obra.
El proyecto de construir una escuela representa el sacrificio de más de 70 familias que habitan el lugar. Mientras los hombres levantan las paredes con tablas que ellos mismos aserraron, las mujeres ayudan a reponer energías con suculentos almuerzos y apetitosas meriendas. Los niños no sólo miran, quieren ser parte de este anhelo desde el punto cero, corren cerca de las bases construidas con troncos de madera, su risa contagia y es el motor de los padres, que entre sudor y aserrín, sueñan con verlos sentados ante un pizarrón.
Érico Miranda es el presidente de la comisión vecinal y contó a El Territorio sobre la iniciativa. “Iniciar la escuela es porque mi casa está a 12 kilómetros de la escuela más cercana. Camino prácticamente no tenemos. Es un abandono total”, indicó y agregó: “Tengo vecinos que están a 18, a 20 kilómetros de la escuela, y los niños no están yendo. Por ahí lo que hacemos es anotarlos y van una vez a la semana o dos. Si llueve o hace mucho frío tampoco pueden ir porque el camino se complica mucho, es muy feo”.
Viendo esta realidad presentaron notas y pedidos a los funcionarios; ante la negativa de fondos municipales, la comunidad organizó una fiesta para recaudar fondos. Con lo obtenido, compraron clavos y bisagras. “Lo que no pudimos comprar, lo aserramos nosotros mismos con motosierra”, comentó Miranda. Hasta el momento, el único apoyo proviene de la asociación tabacalera Actim, que donó 16 chapas, aunque todavía faltan muchas más para completar el techo que resguardará los sueños de los niños.
Las necesidades de estos vecinos no sólo pasa por el acceso a la educación, la apertura de caminos y su reparación resulta casi crucial ante una emergencia, por lo que junto a la construcción de la escuela ellos mismos reparan los caminos. En ese sentido, Érico recordó con angustia un episodio que motorizó la unión vecinal. “Hace unos seis meses, en la época de mucha lluvia, mi chiquito se enfermó, debíamos llevarlo al Caps. Llovía torrencialmente y entramos en desesperación porque no había cómo meter un auto, ni un caballo del vecino ni una moto. No había cómo salir”, rememoró.
Por ello las familias están recolectando tabaco entre todos para costear una topadora que permita reparar los accesos a la ruta provincial 17. También exigen la apertura de la ruta 224, hoy bloqueada por portones con candados que impiden el libre tránsito y desorientan hasta a los sistemas de GPS.
“Estamos muy abandonados, esa es la verdad. Necesitamos motobomba, ayuda del gobierno. No tenemos nada, estamos a pulmón”, enfatizó. A pesar de las carencias, la convicción de estos productores tabacaleros y yerbateros no se deja doblegar. Entienden que la unión es lo único que puede transformar la precariedad en progreso.
En simultáneo a las tareas de construcción realizaron encuentros y charlas con directivos y funcionarios para avanzar en lo que respecta las gestiones para la creación del aula satélite, que sería de la Escuela 108 y el cargo docente correspondiente. Esperan tener respuestas favorables y que este año los menores puedan tener su primer contacto con el cuaderno.
Si bien no tienen días ni horario para trabajar en la construcción y cada uno pone todo lo que tiene, no es suficiente por lo que apelan a la solidaridad de la sociedad para convertirse en realidad. Aquellos que deseen colaborar con materiales o fondos para que estos 30 niños dejen de caminar 20 kilómetros y empiecen a transitar el camino del conocimiento, pueden hacerlo a través del alias sandra.978.eludir.mp.
Fuente y foto: El Territorio




